Crónicas «La temeraria aventura»

0
11

Por Amado Nervo

SE HA DICHO muchas veces que el hombre, hastiado de la monotonía
de la tierra, acabará por excursionar en la luna.

Según un curioso estudio de Mr. Ernault Pelteric, harto conocido por sus trabajos sobre la aeronáutica, el viaje a la luna podría hacerse en tres etapas. La primera etapa sería de la superficie de la tierra al límite de su atmósfera; la segunda, hasta las fronteras de atracción de nuestro globo; la tercera, desde allí hasta la luna.

Se necesitaría un motor que produjese reacciones, por el estilo del cohete. En efecto, el cohete no se apoya en la atmósfera. Colmado de pólvora que arde poco a poco, va proyectando sus gases hacia el suelo, y se eleva utilizando el reculón correspondiente. No se detiene sino cuando se agota la provisión de pólvora.

Suponiendo, pues, un vehículo de este género de una masa de mil kilos, se necesitaría dar a su máquina propulsora una potencia de «cuatrocientos mil caballos» y encontrar un combustible que desprendiese medio millón de calorías por kilogramo, es decir, 360 veces más que la nitroglicerina y 130 veces más que la mezcla de hidrógeno y de oxígeno.

Si bien es cierto que no hay mucha esperanza de encontrar en una combinación química una reserva de energía semejante, el radium, en cambio, contiene «cinco mil veces» más de la que sería necesaria. Pero la dificultad está en libertar a nuestro arbitrio esta fuerza.

Quizá nuestros bisnietos sabrán disponer de la energía interna de los átomos, como ahora se dispone de la de las moléculas.

Entonces se podrá ir a la luna… ¡en cuarenta y nueve horas! A Venus se podrá ir en cuarenta y siete días, y en noventa a Marte.

El motor de reacciones es susceptible de modificar sus trayectorias en plena ruta, ya haciendo variar la orientación del cohete propulsor, ya uniéndose cohetes laterales que puedan ser accionados en un momento preciso.

*

Es posible que los americanos del Norte sean los primeros que intenten el viaje, y, por lo menos, las dos o tres excursiones de ensayo, estarán llenas de «imprevistos».

Después, la Agencia Cook se encargará de todos los detalles. Se almorzará en el Circo de Copérnico, se comerá en Tycho Brahe. Habrá en todos los sitios hermosos un Palace Hotel, un Ritz o un Carlton… y el tedio volverá a enseñorearse de los viajeros.

Ésta es la ley.

Veamos, por ejemplo, lo que pasa en el Sudán.

Antes, para ir al Sudán, se necesitaba casi la voluntad blindada de un Stanley.

En cambio, al volver, las gentes lo señalaban a uno con el dedo, exclamando: «¡Ese hombre ha vuelto del Sudán!». No de otra suerte que las madres toscanas, según el poeta, al ver pasar por las calles de Florencia la silueta escarlata del Dante, diz que decían a sus hijos, apretándolos miedosamente contra su corazón:

—¡Ese hombre ha vuelto del Infierno, hijo mío!

Mientras que hoy…

Hoy cualquiera snob va al Sudán.

De Londres, París y Madrid, todos los inviernos parten una o dos docenas de millonarios.

Cierta compañía inglesa, de Thos, Cook & Co., por la suma de dos mil libras, o sea cincuenta mil francos, admite viajeros.

Dos mil libras no es muy barato, vamos; pero hay que ver lo que dan por ese dinero.

Un barco, ultralujoso y confortable, lleva a los viajeros por el Mediterráneo «ensoñador», hasta el Mar Rojo.

En uno de los principales puertos africanos de este Mar, en Puerto Sudán o en Suakin, por ejemplo, el barco-palacio se detiene.

Los viajeros se preparan entonces para excursionar en el interland.

¿Cómo?

Pues metiéndose en el Sleeping. Sí, señor; en el Sleeping, porque en el Sudán hay ya ferrocarril.

Duermen bien, comen bien; contemplan la tierra amarillenta e inhospitalaria, detrás de los cristales de las ventanillas, y llegan así a Khartum o a alguna otra estación convenida.

Allí los esperan ciento cincuenta negros, escogidos entre los mejores.

Como la raza no es muy fuerte que digamos (entre otras cosas, por la mala alimentación), cada bestia humana de aquellas puede cargar unos cuarenta kilos.

¡Ay del que enferma en el camino! Se le deja abandonado y muere solo, en la infinita soledad del desierto, mirando acercarse los buitres y las hienas; los buitres, que empezarán por reventarle los ojos; las hienas, que rondarán aullando, en espera del festín. Pero no hay que pensar en estas cosas, y los señoritos no se preocupan de ellas.

Ciento cincuenta hombres, a razón de cuarenta kilos por hombre, transportan seis mil kilos.

¿Seis mil kilos de qué?

Pues de tiendas confortabilísimas, de víveres exquisitos, de vinos de Burdeos y de Borgoña, de Champagne extra dry, de máquinas que fabrican hielo (para el burdeos, el borgoña y el champagne); de exquisitos habanos, de café más exquisito aún; de armas de precisión, de trajes adecuados, etcétera, etcétera.

Los señoritos comen y duermen… como si estuvieran en el Ritz de Londres. A las cinco, el té: de lo mejorcito de Ceylán.

Se acuestan bajo mosquiteros perfeccionados, y como estos viajes se hacen, naturalmente, en invierno, gozan de una temperatura ideal.

Como van a cazar, se les permite, por las mismas dos mil libras, matar dos elefantes (que ya están numerados); dos leones y dos tigres, pudiendo conservar los colmillos de los primeros y las pieles de los segundos, para que después los amigos de Madrid o de París los admiren.

Estos elefantes, leones y tigres, se pueden cazar desde una mecedora, mientras se toma el lunch.

Por la noche, algunas hienas (amaestradas), aullan alrededor de las tiendas, a fin de que el temerario explorador se sienta dentro del ambiente africano.

Como en el Congo, limítrofe del Sudán, abunda la mosca tse-tse, que produce la enfermedad del sueño, no se permite a los intrépidos viajeros penetrar en ese vastísimo «Estado Libre».

La Compañía, por las dos mil libras, se compromete a alejar todo peligro de la excursión.

El agua que se bebe es hervida y filtrada. No hay mosquitos; pues se ha acabado con ellos merced al petróleo, y los mosquiteros sólo sirven por si queda algún cínife superviviente y temerario.

Después de dos o tres meses de esta vida, los excursionistas, en perfecta salud, regresan a sus casas.

Como en los versos de Díaz Mirón, para cada uno de ellos, al volver, «invicto y satisfecho al patrio hogar, la admiración curiosa sale a la puerta y se encarama al techo»…

Yo he tenido la alta honra de estrechar la mano de uno de esos admirables boy scouts, y parecióme que para este shake hands tenía que empinarme… más y más. ¡Cuán grande veía yo su silueta bajo la radiante y remota majestad de las estrellas!